Loris Malaguzzi...

"Trabajar con los niños quiere decir tener que hacer las cuentas con pocas certezas y con muchas incertidumbres. Lo que nos salva es el buscar y no perder el lenguaje de la maravilla que perdura, en cambio, en los ojos y en la mente de los niños. Es necesario tener el coraje de producir obstinadamente proyectos y elecciones. Esto es competencia de la escuela y de la educación”.

viernes, 7 de marzo de 2008

Maltratador tradicional

JOSÉ A. SAMANIEGO Sigo la onda de Avelino Alonso («Contra los malos tratos», LA NUEVA ESPAÑA, 29/02/2008) en sus reflexiones sobre la violencia machista, suscitadas por un texto de Pedro de Silva («Machos asesinos», LA NUEVA ESPAÑA, 28/02/2008). Pedro de Silva concluía que «tras un machista violento late casi siempre un defensor a ultranza del viejo modelo familiar, de raíz patriarcal y machista». Busco las estadísticas del Instituto de la Mujer para 2007. Fueron asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas varones 71 mujeres. Los agresores fueron 44 españoles (tasa de 2,21 agresores por millón de hombres) y 27 extranjeros (tasa de 11,27 agresores por millón). Tal vez pueda decirse que esos extranjeros también fueron educados en el viejo modelo familiar, especialmente los hispanos mayormente católicos. Entonces voy a las estadísticas de edad. En 2007, los varones asesinos de edad comprendida entre 21 y 50 años son 50, y los mayores de 51 años (nacidos antes de 1957) son 21. O sea, hay en esta sociedad nuestra una buena mano de gente joven y no educada en los principios del patriarcado que han asesinado a sus mujeres. Tal vez alguien piense y también diga que los asesinos de sus mujeres son pobres y marginados y que este problema se resolverá con el aumento de la riqueza. Pero esta idea resulta contradicha por las cifras de violencia doméstica en países muy ricos desde hace tiempo, como los nórdicos. Allí también se da la más elevada tasa de suicidios, lo que se ha explicado por el clima y por algo tan desesperanzado como el protestantismo calvinista. (Recordad el durísimo ajuste de cuentas con el protestantismo nórdico que han realizado los cineastas Ingmar Bergman y Carl T. Dreyer.) O sea, y en primera conclusión, estamos ante un problema complejo, que obedece a diversas razones en distintas sociedades del planeta y no puede resolverse lanzando una andanada contra la familia tradicional, formada por un hombre y una mujer. ¿Es que entre un hombre y una mujer no puede haber otras relaciones que las machistas y patriarcales? ¿Es que para resolver la violencia familiar contra las mujeres es necesario formar las llamadas «nuevas familias», sean monoparentales o biparentales del mismo sexo? Claro que entonces resolvemos el asunto de raíz, eliminamos la convivencia familiar entre hombre y mujer, dejamos que mujeres y hombres por separado se las apañen con los hijos y las ayudas del Estado. Y tal es justamente el proyecto de Zapatero, que haciendo de la unión homosexual un «matrimonio» desvincula radicalmente el sexo de la reproducción. En este modelo, la reproducción se resuelve mediante bancos de semen o de óvulos, vientres de alquiler, adopciones costosísimas en la Conchinchina y úteros artificiales en el futuro. (Ésta es la nueva «teoría de género» que viene en los últimos años de USA). La base ideológica de los ataques a la familia tradicional se remonta al anarquismo, que considera la familia monógama como autoritaria y represora, lo mismo que la Iglesia, la empresa, el Ejército o la escuela. Tras la II Guerra Mundial fue necesario explicar por qué no hubo revolución socialista en Alemania, donde se daban todas las famosas «condiciones objetivas», y por qué los obreros alemanes se adhirieron al nazismo. Entonces, Wilhelm Reich recurrió a la doctrina de Freud: a través de la familia tradicional los obreros alemanes habían interiorizado una estructura autoritaria de conciencia. Nace así el freudo-marxismo, difundido en los años setenta por Erich Fromm y Herbert Marcuse, cuyas obras fueron entonces nuestros libros de cabecera. Según el freudo-marxismo, la represión sexual de los niños en la familia es un aprendizaje para ser sojuzgados política y económicamente en la sociedad capitalista. Por tanto, una sexualidad desatada se debe considerar elemento revolucionario decisivo. La fórmula popular es: «no se puede contrariar a los niños para no traumatizarles». Y también: para ser libres debemos abolir toda autoridad.

miércoles, 20 de febrero de 2008

L'avalée des avalés, Réjean Ducharme.

"A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú, que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad"."Porque sueño yo no lo estoy. Porque sueño... sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño".
L'avalée des avalés, Réjean Ducharme.



Porque sueño... no lo estoy.
* Dicen que es mi padre, pero yo no soy su hijo, porque este hombre esta loco y yo no.
* Siento que debo abandonar esta vida antes que estrangularme con este agujero.
* Yo queria a Fernand por la ternura de su ignorancia.
* Era el único libro que había en casa. Nunca me pregunté como había ido a parar ahí. Era gordo, las palabras se amontonaban unas sobre otras y exigían mucho esfuerzo de concentración para desvelar su secreto. En casa nunca había visto a nadie leer o escribir. La tele, los carteles publicitarios, invadían mi mente. Al principio sólo leía las frases subrayadas sin entender demasiado. Recuerdo haber querido dejarlo porque no tenía ilustraciones.
* El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. “Hay que soñar, Léolo… Hay que soñar".
* El miedo le dio desde aquel día, una razón de ser. Así nunca más Fernán tendrá miedo de nadie. Y cuando mi hermano sea una montaña, tampoco tendré miedo. Y podré ir por todas las callejuelas de la Tierra, o decir a todos los mierdas de este mundo lo que pienso de ellos. Ay de aquéllos que no inclinen la cabeza a nuestro paso.
* Me despierto muy temprano. Mi vuelta del campo de los sueños es brutal al entrar en el país de lo cotidiano.
* Mi abuelo, sin ser un hombre malo, ya había intentado matarme. Recuerdo que no me asusté, y que soñé con la hermosura del tesoro. A lo mejor era porque ya estaba muerto.
* Mi padre era un hombre como tantos otros. Un perro que mordía su vida perra. Surcado por unas arrugas que nada decían de su cara salvo para gritar la edad que las había cavado. Tenía una expresión como de hola y adiós, como de un eterno y sencillo mediodía, mermado por un puñado de tiempo. Su frente se extendía hasta el día siguiente de su barbilla donde el cuello se aferraba desesperadamente a unos hombros ventrudos.
* Se acerca la primavera. Los pájaros no paran de berrear que están hartos del invierno. Fernán los acompaña con sus ronquidos grasos y mucosos. Siento arcadas cada vez que respira. Su camiseta es el único escudo de su pudor. Descansa tan consciente como de costumbre. 100 kilos de músculos. Un magnífico bebé demasiado grande.
* Mi madre nos regaló una bonita rosa de plástico. Teóricamente para alegrar nuestra habitación, por eso de que la flor es una imagen o más bien, una idea de la naturaleza. Su rojo escarlata estaba asfixiado por el polvo que cada vez loa iba matando más. Si al menos alguien de la familia pudiera darse cuenta de que esta flor carece de naturalidad. Con su etiquetita dorada “made in Hong Kong” pegada bajo un pétalo. Bastaría con un pequeño gesto sin esfuerzo para despegar esa etiqueta y empezar a creer en esa ilusión. Pero me niego a tocarla. No quiero hacerme un lugar en este cementerio de cuerpos vivientes. Pero resulta que mis dedos del pie me recuerdan que estoy aquí. Salen de un agujerito en el extremo de mi manta. Cada día, sin que yo mismo me dé cuenta, consigo asomar un dedo más que el día anterior. Mañana asomaré mi pie entero. Y mi pierna. Y pronto será mi cuerpo. Siento que debo abandonar esta vida antes de estrangularme con este agujero.
* Un vendedor ambulante gritaba en el vacío. Todavía queda sangre esta mañana para emborronar 100 páginas. Todavía hay gente que las compra para satisfacer su rabia.
* En ese momento, sólo podía pensar en una maravillosa escena de película. Y como siempre, me contemplaba a mí mismo jugando a la vida.
* No intento recordar las cosas que ocurren en los libros, lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar.
* De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira que tú misma me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.
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"A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú, que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad"."Porque sueño yo no lo estoy. Porque sueño... sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño". L'avalée des avalés, Réjean Ducharme.

Léolo "porque sueño, no lo soy"



Frente a la también desaparecida última casa de baños públicos de Madrid, se erigía, en una valla desnuda, ahora desnudada con obscenidad, una delincuente pintada callejera, turbadora y sucia como una película de Lauzon, indigente y colorida, como una película de Lauzon, plagiada y recensora de una película de Lauzon; " porque sueño, no lo soy", versaba la pintura sobre el muro. Algún anónimo soñador que de uno u otro modo afortunado tropezara con la última obra cinematográfica del autor canadiense, hizo suya la proclama que la pausada pero decidida voz del narrador nos repite una y otra vez a lo largo de Léolo (Jean-Claude Lauzon, 1992), como en busca de la certeza que da la solidaridad, la alteridad anuente con nuestra propuesta. Alguien parece haber ayudado a esa certeza, o, quizás, y el anonimato da nuevo pie para pensarlo, ha consolidado y reproducido la duda. Ese alguien, ese espectador, quizás casual, tal vez consumado y reincidente, ha optado por la voz callejera, con un nuevo triunfo del subconsciente, parcela tan próxima a la película, que ha llegado a hacerse aquí colectivo. Porque Léolo es, en efecto, poesía callejera, o más bien, poesía de calle, o de callejón, fruto de una directa sinceridad básica, emparentada más con el casticismo lorquiano que con la tradición de "qualité" francesa, más con la basicidad, sincera en ese caso por empeño, pero limpia aún, de Baudelaire, que con la frialdad de Valery, más con la poesía del primer Renoir o el Fellini de La Strada o Amarcord que con la suntuosa "transparencia" de Kiarostami o Bresson. Léolo es una combinación nunca incoherente de los Rolling Stones -presentes con su tema You can´t always get what you want- con una cantata medieval o el elevado lirismo de raíces inveteradas de Loreena Mckennitt: es decir, parte del sentimiento, y tal es su puerto de destino, un sentimiento deslastrado de consciencia hasta donde puede, y por ende ecléctico, y eléctrico. Su autor no es un intelectual de la vieja guardia, de sólida y familiarmente inducida formación cultural, predispuesto a lograr una poesía con moldes de celuloide. Es un joven de casi cuarenta años formado desde una realidad de proletariado multicultural de la de por sí (auto)relegada Canadá francesa, con sensibilidad desbordada y con miras a exponer, publicar y transmitir esa creatividad irrefrenable.

Dicho lo cual, intentaremos desgranar cuanto sea posible las entrañas (es pura entraña) de la singular Léolo, película ya de culto prácticamente desde el momento de su estreno, en las consecuentes líneas.


Según manifiesta el propio Jean Claude Lauzon en entrevista realizada en la publicación "24 Images1" al hilo del estreno comercial de la película, la composición de esta, la escritura del guión, se realizó por ordenación de golpes, imágenes, sonidos, ideas, o antiguas notas que perfilaron un todo por pura asimilación de las coordenadas internas: todas tenían en común la génesis directa desde un interior, subconsciente, que tradicionalmente se ha venido a llamar " corazón" de su autor. Y aquí surge un término inevitable a la hora de glosar este film; el concepto de "auteur", tan en boga pocos lustros atrás, surge inequívoco para referirse a Lauzon, en cuanto a su concepción de la película, y también a su actualización sobre las pantallas.

"Todo comenzó a partir de textos que había escrito cuando era más joven. La primera línea que puse sobre el papel fue "Los olores y la luz soldaron mis primeros pensamientos". Luego, tranquilamente, comienzo a establecer relaciones entre cosas que no la tienen. Algunas cosas caen, otras se hacen más fuertes. Poco a poco, el film termina por imponerse él mismo. No es una cosa que yo decida, como si dijera que voy a hablar de tal tema."
En su estudio psicoanalítico del texto de Léolo2, tanto verbal como visual, van Jesús González Requena y Amaya Ortíz de Zárate más lejos, al sugerir el paradigma absoluto que constituye la película como definición misma del concepto de autoría, en toda su profundidad y esencia. Esta obra sería el reflejo más inmediato, directo y pertinente de su creador, surgido, parido, en plenitud, de lo más convexo de su inconsciente, mediante una escritura casi automática desbrozada en imágenes, olores, sonidos, y ciertamente presidentes palabras, signos, por encima de lo simbólico tan abundante. Viene a ser una refundición de los aceros simbolistas, bebiendo también del precursor naturalismo que fácilmente aproxima la lumpenaria sociedad postindustrial de la Canadá québécoise.



González Requena, comunicólogo y lacaniano, elabora un pormenorizado estudio sobre la esencia psicótica del discurso de Léolo, uno de los más grandes e innegables compendios sobre la locura que ha aportado el arte en las últimas décadas. Ciertamente, se trata, y en eso parecen coincidir casi todas las miradas críticas hechas desde la profesión (del cine, y de la crítica) de una obra basada en la locura, como medio así como como objeto, que busca la contemplación, la evidenciación, de la locura por el espectador, con el añadido de que lo hace desde la mirada inquieta de un ojo desorbitado por la psicosis que refleja, llenando la pantalla con los propios mecanismos obsesivos más allá de la neurosis, que busca ilustrar. Esto es lo que la convierte en obra tan personal, tan propia de su autor, y lo que le confiere esa carnalidad, esa corporeidad, esa proximidad casi insólita a los sentidos, lo que permite y provoca que sea degustada no ya visualmente, sino a través de todos los mecanismos de percepción del espectador. Entra por la piel, como ha venido a decir algún crítico. Y aterroriza.

El propio González Requena hace énfasis repetido en la posibilidad de categorizar a Léolo como una película de terror, pues es de principio a fin, un relato (si de tal se nos permite calificarlo) del abismo, una continua y desesperanzada caída al fondo de la locura. De ahí que uno de los títulos con los que más a menudo ha sido comparada Léolo, fuera de ciertas superficialidades en el símil, como su asemejamiento al Amarcord felliniano, sea Psicósis, de Alfred Hitchcock. "Psycho" es el nombre original, cuya traducción exacta sería "psicópata", no "psicosis". Sin embargo, el título español es acertado, no solamente por el encubrimiento que hace de la trama con respecto al primigenio, sino porque viene a secundar la idea de que la película del director inglés es más un tratado y descripción bastante acertada de la enfermedad que de la concretitud del enfermo. Y en esto, una película con el nombre del protagonista como título y emblema constante, narrada en "off" en primera persona y con numerosas y claras implicaciones del director como supremo auteur de la misma, en aparente paradoja, se identifica completamente a la del autor de Los Pájaros. En Léolo, si bien a través de él, del personaje, se refleja el desarrollo y manifestación de la locura, en conjunto, como apellido de una familia que es la del protagonista, tal y como lo ve el propio afectado, con unos ojos que virarán poco a poco hacia el blanco supremo que aquí supone el delirio psicótico.



El espectador, convertido en el pequeño hijo menor de una familia francófona de los suburbios de Montreal, experimentará como ajena y finalmente como propio el virus imparable de la locura, una y otra vez negada, pero siempre esperada (con terror), mediante una estupefaciente y en apariencia casi aleatoria sucesión de imágenes, fuerte, densa y profundamente infiltradas de músicas y habitadas de apremiante fisicidad. De tal modo, Leolo se convierte en un a modo de diario no fechado de la degeneración de una mente hacia el denostado, aborrecido, pero bien sabido como próximo, irrevocable delirio.

Las técnicas para llevar adelante esta escritura son variadas y se antojan a menudo intuitivas, raramente intuitivas, pues ante esta película, al igual que ante casi todo el llamado "cine de autor", emerge la habitual pregunta, ¿cómo es posible que una obra tan elaborada y prolija, tan necesitada de pluralidad de acciones, de multiplicidad de actantes, creadores, pues, como es cualquier largometraje, logre aparecer como unívoca en su origen, como privada en su concepción, como personal en su esencia? Aquí iría más allá, pues una asociación de muchos técnicos y artistas bien distintos ha devenido en una reproducción del alma del director, perfecta y profusamente psicoanalizable, por efecto de la inmediatez de la poesía reproducida. Este sería el brillo principal de la perla.

Y la visión de la película no parece contradecir las tesis postfreudianas más aventuradas.

Para comenzar, el propio título, el momento en que aparece, y su significación, no están diseñados al azar y se adecua a la percepción a las bases freudianas del análisis psicológico.

Léolo es el nombre que se otorga a sí mismo el niño Leo Lozeau, propugnando su origen diverso, alejado de la familia que lo amarra a la locura, en apariencia intrínseca a ésta. Él se cree, o se dice creerse, fruto de una extraña inseminación de su madre por un tomate, un tomate siciliano, que derruiría la vía paterna, la identificada con la locura, para depositar el origen de su progenitor en la soñada Italia mediterránea. Por eso, subvierte su nombre y trastoca el apellido, italianizando el nada ponderado francés Louzeau por el sonoro Lozonne. De ese modo niega expresamente su vinculación a la rama perniciosa de la familia:

"Se dice de él que es mi padre. Pero yo sé que no soy su hijo. Porque ese hombre está loco. Y yo no. Moi , je rêve, moi je ne suis pas"
Y es expresa por la propia fonética de la palabra, "Lozonne" viene, musicalmente, a ser, Lozó - ne, "Lozeau no". No de ese apellido maldito. Además, y ahonda esta percepción en la identificación e implicación del director con el espíritu de la obra, el propo "Lauzon" podría situarse a medio camino entre el apestado "Lozeau" y el añorado "Lozonne", que sonoriza esa ene perdida en francés en "Lauzon". Así, desde el propio concepto explícito del yo, el nombre propio, hace evidente y voluntaria Leo su desligazón a los mimbres básicos para la estabilidad mental, desde su propia voz y empeño, se desata de sus posibles sujecciones, por considerar estas putrefactas y, nunca mejor dicho, hediondas. Los olores, notable inclusión del realizador, que logra con ellos la reproducción de los procesos habitualmente más primarios de la memoria, la evocación odorosa, están siempre presentes en este universo de sentidos y sensaciones, y muy habitualmente provienen de emanaciones corporales, y a menudo, escatológicas. De nuevo con claros vínculos pulsionales, lo excrementicio caracteriza y origina bastantes de los cuadros de la película, y alcanza protagonismo en muchos de ellos.



La palabra como redención

La palabra es uno de los ejes de reestructuración de la realidad de Leo, su único escape, en un ambiente, familiar y de barrio, iletrado y poco volcado al afán cultural. Las palabras serán objetos, y, magistralmente, la película transitará por uno de los procesos básicos de la inteligencia humana, la transformación de nuestra percepción simbólica con el advenimiento del lenguaje y su sostén de la abstracción. Asistiremos a un poema visual que nos contará eso mismo a la vez que nos aproximamos, con melodías que se repiten obsesiva pero plácidamente, hacia el abismo del final de la comunicación, a la caída, gélida y de nidia blancura, en la demencia del sarcófago helado.

De hecho, se nos muestra cómo la parcial inmersión en un, también visto como castrador, inglés, segundo idioma, preponderante e imperante, como la locura en casa, en el país, le hace identificar la inexistencia aparente de las palabras con la inexistencia de la realidad.

"(...)nadie hablaba de esa cola que se hinchaba entre mis piernas. Estaba ausente en la tabla de los órganos de John (el modelo usado para su iniciación en la lengua de Shakespeare). No sabía ni el nombre inglés ni el francés de esa cosa. Durante mucho tiempo creí que los ingleses no tenían."
Igualmente, cuando el Domador de Versos concluye la película, devolviendo el libro de Léolo a una estantería, lee la frase que se halla escrita sobre el título, destino avanzado por el propio Leo a su guerra contra la vesanía:

"Iré a descansar con la cabeza entre dos palabras en el Valle de los avasallados"
Todas las palabras son importantes, y tienen significado medido. La ineludible banda sonora es un cúmulo de canciones y músicas en cinco idiomas, como representación de ese multiétnico universo barrial en que creció Lauzon y que trasladó a la localización, concreta y explicitada, de Léolo, sin por esa poliglotía no haber cuidado el correcto engarce y en ocasiones básico ensalzamiento y coherencia de las letras con lo textual.



Los actores.

Mas, curiosamente, en una de las películas con más presencia y fuerza de esencia de lo musical, con una descripción también localista dentro de su innegable vocación universalista, la estrella local, la gran dama de la canción francocanadiense, que por demás participa como personaje básico en la narración, en el papel de la madre de Léolo, la gran - en más de un sentido-Ginette Reno, ni canta ni introduce tema alguno en la banda sonora. Del mismo modo, y reincidiendo en la irrefutable asunción de pertenencia a una concreta cultura de Lauzon, cuya aspiración poética proviene de lo íntimo, el gran pope del cine de la Canadá francesa, el bastante conocido por nuestras tierras Denys Arcand participa también como actor en un personaje - director de la escuela -- ajeno, si no es por oscuras privadas metáforas, a su condición pública reconocida. Tal vez pueda referirse el siempre simbolista Lauzon a la figura de Arcand como consejero mayor, maestro director del cine de su país.

Careceríamos de espacio bastante para reflejar con la debida extensión los méritos y logros de Arcand, en la mejor tradición de esta sección, pero no nos resistiremos a mencionar dos de sus grandes títulos, bien conocidos por el aficionado a las salas de estreno españolas: Jesús de Montreal (1989) y la anterior El declive del imperio americano (1986), que le hizo conocido entre la crítica y buena parte del público internacional, tras más de veinte años de carrera en la tantas veces ignorada parte latina de Canadá.

Y tampoco resistiremos la presión curiosa de mencionar, entre amateurs varios que evocaban física o vocalmente lo que pedía el mejor sentir del director, a otro viejo profesional, Julien Guiomar, aquí el viejo abuelo de Léolo, que antes de marchar a América a rodar, entre otros títulos, este acercamiento a la psicosis, había desarrollado una prolongadísima carrera en Francia que incluye películas tales como la muy destacable y familiar La Vía Láctea (1969), del en tantos guiños también vocacionalmente psicoanalizable don Luis Buñuel. Lo que son las cosas, veinte años de separación, dos genios del cine moderno, del desgarrador de globos oculares a los ojos desgarrados por la muerte en locura de Leo, Guiomar transita de un castrador cura español al máximo representante de la castración simbólica del niño poeta. Casi nada, como díría el viejo tango.


por Nacho Toro

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Notas:
1. Entrevista realizada por Claude Racine, 1992 "24 Images" nº 61, p. 5-11
2. Léolo, La escritura fílmica en el umbral de la psicosis, Jesús González Requena/Amaya Ortíz de Zárate, Contraluz Libros de Cine, Ediciones de la Mirada, 2000

sábado, 19 de enero de 2008

El año en que cambió el mundo


Por Vicente Verdú *


En 2008 se cumple el 40º aniversario de un momento clave del siglo XX. París, San Francisco, Praga, Vietnam. Muchas mechas prendieron a la vez y una generación de jóvenes se rebeló contra el modelo de sociedad burguesa. Su moral represiva se combatía con la liberación sexual, el placer inmediato de las drogas, el rock and roll. Aquellos chicos, lejos de avergonzarse de su inmadurez, sacaron pecho. Se gritaba “la imaginación al poder”. Pero, ¿qué imaginación?, ¿y qué poder? Aliados de la lucha obrera, los “sesentayochistas” pertenecían en su mayoría a las clases acomodadas. Negaron el consumo y acabaron siendo sus máximos aliados. Promovieron la revolución social desde el superindividualismo. Las contradicciones del ’68 son numerosas. Pero de cada una de ellas saltó una chispa. Y entre todas forman una luz que sigue iluminando el mundo cuarenta años después.
“Desear la realidad está bien, realizar los deseos está mejor.” La consigna no dejaba lugar a dudas, puesto que la revolución de 1968 dejaba olisquear desde lejos los tufos que caracterizan a la orgía. La misma significación medular se encerraba en el “ser realistas, pedir lo imposible”, o, lo que es lo mismo, que todo lo soñado se cumpliera y que cualquier bien llegara a las manos con el simple derecho de existir. No podía, pues, considerarse extraño que los detractores observaran el movimiento como una pataleta de hijos mimados. Y obscenos. El talante dionisíaco del ’68 se oponía al orden sexual que reinaba en la sociedad burguesa, y ello constituyó el núcleo basal de la revuelta. Una revuelta generada no por fuerzas masónicas ni porque hubiera subido el precio del trigo al modo de la revolución de 1789, sino por la potencia del orgón.
El capitalismo, sin embargo, se mantuvo airosamente en pie. Más aún: el odiado capitalismo mutó su antigua piel por un satén de irisados colores, y con ello obtuvo capacidad para respirar mejor y desarrollarse como una verbena de consumo agregada a la fiesta del orgasmo, el antiautoritarismo, la aventura y el amor a la revolución.
Daniel Bell presagiaba en Las contradicciones culturales del capitalismo el conflicto que podría crearse cuando la ética del trabajo, derivada del ascetismo protestante, fuera asaltada por un modo de vida basado en el goce inmediato y el placer consumista. Pero el conflicto no creó jamás parálisis, sino, por el contrario, un efecto acelerador. Así, el libro más citado y célebre de Bell ha ido convirtiéndose en su obra más acertada si se lee, aproximadamente, en sentido inverso. Contradicciones en el sistema, sí; pero en lugar de romper el mecanismo, como creían Bell y los del ’68, se registró un superaccidente de cuya energía el capitalismo salió tan rejuvenecido como por un exfoliante de Clarins.
Los años sesenta constituyen la década crucial en que el conspicuo capitalismo de producción, oscuro, austero y represor, empezó a girar hacia el cromatismo musical del capitalismo de consumo. Mayo del ’68 significó, para los analistas sociopolíticos, la cristalización conjunta del malestar obrero, el malestar estudiantil en la universidad y la explosión del reino juvenil que estaba cociéndose desde los años ’20.
En 1925, Ortega y Gasset repetía en La deshumanización del arte su constatación, entonces asombrosa, de que los muchachos, en lugar de avergonzarse por su inmadurez y esforzarse en adoptar hechuras de viejo para ganar reputación, empezaban a sentirse ufanos de su apariencia.
¿Qué significaba esta traslación al look? Tenía que ver con que el viejo había perdido liderazgo.
Mayo del ’68 fue el éxito de la cohorte juvenil que cabalgó sobre la cresta de los espasmos ideológicos, artísticos y económicos, mientras ganaba la relevancia que sus mayores dilapidaron con el fracaso humano de las dos guerras mundiales. El creciente valor de la materia joven significó un vuelco en la jerarquía de todos los valores. El prototipo burgués basaba su moral en tres virtudes capitales: el ahorro, la utilidad y la finalidad. Mayo del ’68 y su máximo motor emocional refutaba cada uno de esos principios. Frente al ahorro y la contención sexual, propugnaba el gasto orgasmático (la energía del orgón que teorizó Wilhelm Reich); frente a la renuncia, el placer sin espera.
El ahorro se reveló entonces equivalente a la represión (el ahorro de sexo femenino hasta la boda), y la utilidad o la finalidad se manifestaron como la marca desencantada del proyecto y de la acción. Mayo del ‘68, encarnado en la orgía, empujaba en la otra dirección. Frente al ahorro represivo, el gasto; contra la calculada utilidad, la inmediatez, y frente a la finalidad, la aventura. La reunión de estos tres elementos dibuja el triángulo de la cultura de consumo. Maldecir ahora la sociedad de consumo resulta tan pesado como rancio, pero entonces era una manera joven y anticapitalista de ser. Para José Luis Aranguren (Cuadernos para el Diálogo), el consumismo era “un reduccionismo economicista de la vida”, y para Jean Baudrillard, “constituía un sistema que se hallaba en trance de destruir las bases del ser humano” (La societé de consommation, Denoël, 1970). Esta era la doctrina central. Y la paradoja, por tanto, era ésta: los presupuestos de la revolución sesentayochista procedían de la sociedad de consumo que crecía bajo sus pies, pero sus líderes repudiaban con vehemencia el consumismo, siendo ellos, por excelencia, grandes consumistas: del tiempo, del sexo, de los derechos, de los mass media.
De hecho, tanto Mayo del ’68 como el sistema de consumo son inconcebibles sin la gigantesca explosión de los mass media. La comunicación de masas y el consumo de masas, la fiesta y el contagio sesentayochistas fueron cruzándose en una copulación reproductora. De ahí que la revuelta fuera, de una parte, muy amplia, a la manera de una endemia, y de otra, muy efímera. Los media difundieron la nueva visión de la sociedad, la universidad, la psiquiatría, la familia, la escuela, la relación intersexual, los derechos de la mujer, y recrearon, con su ejercicio, la composición de una estampa nueva. Cuarenta años después no vale la pena calificar de éxito o fracaso aquella subversión porque sus vindicaciones se han inscripto en el alma social como un bordado del mismo hilo.
Sin la mujer, en suma, no habría sido factible la fiesta del ’68, y gracias a su vigoroso movimiento de liberación se emanciparon dos o tres sexos a la vez. El suyo, que funcionaba como gran policía de las buenas costumbres, y el sexo masculino, que obtuvo la inesperada franquicia para intercambiar sus deseos con los de sus parejas. Aquella renuncia a llevar sujetador fue literalmente la pérdida del sujetador.
No hubo tiempo para culminar la gran idea sexualista, pero ¿quién duda de que se consumaron muchos cortejos? Buena parte de la guerra de generaciones de entonces procedía no tanto del choque maoísta con los progenitores como de la incompatiblidad entre sus dictámenes sobre el sexo y el matrimonio y la teorética del amor libre. Muchas o todas las comunas fracasaron, y prácticamente cualquier intento de tríos a la manera de Jules et Jim provocaron neurosis; pero tanto Truffaut como nosotros, sus coetáneos, no desperdiciamos la oportunidad para ensayar.
De ahí aquello tan conocido de “la imaginación al poder”. ¿Qué imaginación? ¿Qué poder? Todo aquello que procedía de inaugurar excitadamente una transgresora, soñada y revolucionaria realidad sexual. El LSD, la marihuana, el hachís, la droga en general aureolaba la juerga, y si fue, de un lado, una complacencia en el placer individual, fue, de otro, un signo de oro para señalar el nuevo momento del valor.
Con la droga se obtenía gozo inmediato, sin esperas. Al igual que sucedía con las adquisiciones a plazos o con las hipotecas después. Primeramente se accedía al bien, y más tarde llegaban los efectos secundarios. Todo lo contrario a la ecuación de las generaciones precedentes al ’68, que primero ponían la abnegación, el ahorro, la espera, y más tarde optaban a la debida compensación.
La inversión de este enunciado canónico, proyectado en casi todos los ámbitos de la realidad, decidió el rumbo de la cultura. Los sesentayochistas fueron los grandes promotores del consumo, negando, sin embargo, el consumo. Grandes promotores de la revolución social siendo superindividualistas. Formidables aliados de las protestas de la clase baja cuando, en su mayoría, procedían de la clase alta o media alta.
Las contradicciones de Mayo del ‘68 son tantas que hacen aún más brillante su memoria. De cada contradicción brota una chispa, y de todas ellas, una luminaria que, si fracasó en sus objetivos políticos explícitos, ha triunfado rotundamente en el deslizamiento de sus intuiciones y emociones sustanciales. Gran éxito de la feminidad, sin duda.
* De El País de Madrid. Especial para Página/12.
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miércoles, 24 de octubre de 2007

REPARTO DE LAS RESPONSABILIDADES FAMILIARES

Malos tiempos aquellos en los que hay que explicar lo evidente y exigir lo que es de justicia, aquellos en los que sabemos lo que tenemos que hacer pero no nos da la gana esforzarnos por conseguirlo, aquellos en los que los hombres no parecemos dispuestos a demostrar el valor de asumir que nos da miedo y por eso no denunciamos (predicando con el ejemplo), lo que de explotación de la mujer por el hombre tiene el reparto desigual de las responsabilidades familiares. Quizás el mayor error haya sido esperar mucho del cambio de mentalidad y de la buena voluntad de los hombres en lugar de exigirlo en el campo del derecho.
El trabajo domestico nos afecta a todos los hombres, vivamos o no en pareja, todos lo tenemos planteado, tenemos ante él una posición provisional, y la mayoría lo vamos asumiendo progresivamente, por eso no deja de llamar la atención lo poco que los grupos de hombres discuten o elaboran sobre el tema. ¿Es qué en este caso el silencio no nos hace cómplices de una injusticia?, o es qué hablar obliga y en este caso se trata de la tarea que ocupa más tiempo, de la más cotidiana.
El caso es que yo creo que a los hombres nos interesa ponernos las pilas, y el delantal, porque sabemos que no es justo que las tareas domesticas tengan que asumirlas sólo las mujeres, por más que el sistema potencie la división sexual del trabajo asignando a los hombres el papel de proveedores y las mujeres el cuidado del hogar y de quienes en él viven.
Sabemos que no son criadas por naturaleza, que el sentimiento de culpa que muchos dicen sentir por esta situación no plancha las camisas, y que asumir responsabilidades es una forma de demostrar que las tenemos en cuenta, las valoramos y las queremos.
Cada día son más los hombres que acaban viviendo solos y tienen que cuidarse, y aunque no sea el caso aprendiendo a valernos por nosotros mismos estaremos más seguros de que convivimos con una mujer porque nos apetece y no porque necesitamos a alguien que sustituya a nuestra madre.
Llamar la atención que hombres que viviendo solos se cuidaban razonablemente bien, cuando empiezan a vivir con una mujer esta acaba haciéndoles sus tareas, en parte por que él delega pero también porque ella las asume aunque no se le exija. No vale decir que no nos enseñaron a jugar con muñecas, ni a limpiar o cocinar, que nuestras madres, abuelas o suegras, no consentían o no consienten que hagamos nada en casa, y no vale porque la lista de cosas que no nos enseñaron a hacer, o no querían que hiciéramos, pero que hemos aprendido y hecho porque nos ha interesado, o nos ha dado la gana, es tan larga que la excusa no se tiene en pie.
Culpar al machismo tampoco parece una explicación seria, porque no es una limitación genética, y en algún momento tendremos que asumir nuestras responsabilidades por lo que hacemos, o mejor dicho, en este caso, por lo que no hacemos. Decir que estamos cambiando pero a nuestro ritmo es olvidar que si no nos empujaran no existiría tal ritmo.
CAMBIOS EN LAS ESTRUCTURAS FAMILIARES
La estructura familiar ha cambiado tanto que hoy parece más correcto hablar de familias, por aquello de que aunque la mayoría siguen teniendo un formato tradicional (madre, padre e hijos/as), a nadie se le escapa que cada día abundan más otros modelos: familias monoparentales (en general mujeres qué afrontan más o menos solas la maternidad), parejas de hecho, parejas de homosexuales, etc.
Incluso la familia tradicional esta muy cambiada, el número de sus miembros se ha reducido, el hombre esta dejando de ser el único proveedor de dinero, la autoridad indiscutible del padre va dando paso a unas relaciones más libres, igualitarias y democráticas (la mayoría de las decisiones significativas se toman de manera conjunta). De hecho no creo que el paro y las dificultades económicas expliquen por si solas que los jóvenes tarden más que nunca en irse de casa.
Hace poco cuando le pregunte a un grupo de hombres de un pueblo de Sevilla, que se quejaban de cómo eran sus padres, en qué se les parecían, me respondieron que se veían a si mismos como una versión suavizada de éstos. Hoy hay hasta padres angustiados por no poder dedicar el tiempo suficiente a sus hijos, por no saber que métodos usar para conservar cierta autoridad sin necesidad de imponerse, ni como educarlos para que acepten limites sin recurrir al castigo.
TRABAJO DOMESTICO
La ausencia de reparto del trabajo domestico esta resultando ser el pilar más resistente del Patriarcado (machismo) incluso en las parejas en qué trabajan los dos y ganan más o menos lo mismo.
Resulta difícil de entender que realizado por una empleada o empleado de hogar, una lavandería, un restaurante, un enfermero/a o un/a enseñante, nadie discuta que debe ser remunerado, pero si es realizado por una mujer en su casa, pese a su indudable valor cultural y económico, este trabajo no valga nada.
Se habla más de lo poco creativo que es el trabajo domestico (como si lo fuera el de un soldador o un empleado de banca), que de lo injusto que es que se le exija hacerlo gratuitamente a las mujeres. Si de lo que se trata es de que es muy desagradable, razón de más para compartirlo.
Cada día es mayor el número de mujeres que trabajan fuera de casa, porque muchas han buscado independencia y dignidad trabajando en la calle, o porque los agobios económicos de las familias modestas las obligan a garantizar otro salario. Con frecuencia pueden dar el mismo o mayor apoyo económico a la familia que el hombre, pero a pesar de todo no se ha transformado el reparto de tareas y responsabilidades domesticas y por eso se habla de la doble jornada.
La mujer se sigue viendo sobrecargada con una jornada de trabajo interminable. La mayor implicación del hombre en el cuidado de los hijos y las tareas domesticas está resultando ser un proceso tan lento y conflictivo, que es una de las causas principales del rápido crecimiento de las tasas de divorcio.
Se calcula que en España el trabajo no remunerado significa el doble que el remunerado, y el 80% de ese trabajo invisible lo realizan las mujeres, a pesar de que ya casi nadie opina que el estilo de vida ideal para las mujeres sea dedicarse a la casa.
La frase que asegura que “cuando un hombre y una mujer se emparejan él mejora su calidad de vida y ella la empeora” sigue reflejando una realidad indiscutible.
Sólo en ocho de cada cien familias españolas se produce un reparto importante, que no igualitario, del trabajo domestico, casi siempre en familias de clase media, con valores progresistas, en las que trabajan ambos cónyuges y sus ingresos son semejantes.
Pero incluso en aquellas parejas en las que ambos miembros dedican un tiempo parecido a estas tareas, la gestión suele recaer en las mujeres. Acostumbran a ser ellas las que están pendientes de lo que hay que sacar del congelador, lo que no se puede olvidar comprar en el supermercado, que los zapatos de la niña se le han quedado pequeños o que el niño necesita otros pantalones.
La gestión puede legar a ser sin duda lo que más estrés provoca porque obliga a tenerlo todo controlado, no tiene tiempo de inicio y fin, no hay forma de meterlo en la agenda, ni conoce vacaciones. Si lo que se busca es compartir tenemos que reconocer qué, por mucho que a uno le guste, tener que conducir siempre puede llegar a ser agotador. Ojo con confundir control con poder la reina de la casa no tiene más poder qué el de administrar bienes ajenos y atender las necesidades ajenas a cambio de algunas ventajas. No asumir sus responsabilidades domesticas tiene para los hombres la ventaja de disponer de tiempo libre, a costa del tiempo de la mujer sin tener que negociarlo, para su descanso o diversión, para jugar con los niños/as mientras la madre hace la cena, e incluso para responsabilizarla de lo que no le guste de lo que resulte de su educación (hasta del machismo de los niños). Tres datos sobre la juventud que me han llamado la atención: 1/. De cada 13 minutos dedicados a las tareas de mantenimiento del hogar, doce los trabajan las chicas y uno los chicos. 2/. Los hijos de familia con menos renta y formación educativa participan más que los de familias con más capacidad económica y académica, y 3/. Es en las familias donde el padre más colabora donde los hijos más se escaquean.
EL CUIDADO DE LAS/OS NIÑAS/OS
Nada es tan importante en su educación como el modelo que ven en nuestra conducta, si son niños por aquello de la identificación y si son niñas por que nos ven como ejemplo de lo que es un hombre. Con esto lo primero que quiero decir es que educan, y mucho, incluso aquellos padres que no se preocupan en absoluto de hacerlo.
En este momento, en que el modelo masculino tradicional está en crisis, nuestra responsabilidad es si cabe mayor que la de nuestros padres, porque la sociedad ya no presenta modelos homogéneos, sino que muestra la gran diversidad existente, y ante la confusión que esta puede provocar es necesario ayudarles a diferenciar y con ello a elegir.
Implicar a los hombres en la crianza de los hijos e hijas es importante para ellos porque con ello:
- Aprenden a cuidar y cuidarse, así como a ponerse en el lugar del otro para poder satisfacer sus necesidades.
- Tienen una oportunidad inigualable de desarrollar los sentimientos y su expresión, al tiempo que les sirve para ir perdiendo el miedo al ridículo ante criaturas que son esponjas afectivas y muy agradecidas.
- Descubren que paternidad responsable significa el establecimiento de relaciones igualitarias dentro del hogar (creo que es en Noruega donde los hombres están obligados a coger seis meses de permiso laboral para atender a sus hijos/as en los dos primeros años posteriores al nacimiento, y que Austria planea obligar jurídicamente a los hombres a compartir las tareas domesticas).
Fuente: José Ángel Lozoya Gómez en hombresigualdad.com, junio 1999

Espectadores del machismo en casa

Los adolescentes perciben claramente que sus madres son las que llevan el peso de la casa y aunque tienen un sentido crítico a la hora de observar los estereotipos, éstos siguen vigentes.
Llenar la nevera, preparar los desayunos o hacer las maletas siguen siendo tareas de las mujeres, mientras que realizar pequeñas chapuzas en casa, comprar el coche o hacer la declaración de la renta son tareas que recaen en los hombres. Estos datos no son nuevos, la novedad reside en que son los hijos y las hijas quienes constatan que esa división del trabajo es la que se mantiene en sus casas.
Espectadores privilegiados: 785 adolescentes de 21 institutos distribuidos por 15 municipios del área metropolitana se han prestado a responder 106 preguntas de una encuesta anónima elaborada por Enriqueta Díaz, profesora de historia de secundaria en un instituto de Sant Cugat del Vallès. La encuesta forma parte del trabajo de investigación de esta profesora encaminada a conocer los Roles y estereotipos de género entre el alumnado de bachillerato.
Una parte del trabajo la ha financiado el Departament d’Educació y otra el Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison, de la Diputación de Barcelona. Una primera parte de esta investigación ya la realizó hace un año entre los alumnos de los institutos de Sant Cugat. El resultado de ese trabajo es lo que la animó a ampliar el análisis a otros centros del área metropolitana.
COMPRAS, COMIDA Y MALETAS. La mayoría del alumnado encuestado vive en el seno de una familia tradicional, formada por madre y padre, mientras que poco más del 7% vive sólo con la madre y un 1% con el padre. En el 82% de las casas, es la madre la que realiza las tareas del hogar, incluso el fin de semana; la que elabora la lista de la compra; la que piensa qué se necesita y la que está pendiente (86%) de que no falte el jabón de la ducha, el papel higiénico o la fruta. Es decir, la parte más agotadora psíquicamente, como es estar pendiente de lo que hay o no en la despensa o en la nevera, se la lleva la madre. Ella es también la que mayoritariamente se encarga de la compra. La preparación de los desayunos también corre a cargo de las madres (por encima del 70%), mientras que los padres lo hacen en el 19,7% de los casos si la que responde es la chica, y el 18,4% si el que contesta la encuesta es el chico. Lo mismo sucede con las vacaciones. Aunque la decisión del destino de está dividido a partes iguales, una u otro escogen el lugar de descanso, las progenitoras son las encargadas de organizar y preparar las maletas de toda la familia, lo que en la práctica significa que antes de salir ya acumula un cansancio extra.
BRICOLAJE Y COCHE. A ojos de los adolescentes, los padres son los encargados de realizar las pequeñas reparaciones de fontanería o electricidad y quienes eligen el coche. La elaboración de la declaración de la renta también es tarea mayoritaria de los padres aunque en casa trabajen ambos.
PERCEPCIONES. La percepción de que estas tareas las realiza la madre es prácticamente idéntica entre los chicos y las chicas, aunque algunas percepciones experimentan leves variaciones en función del sexo del observador. Chicos y chicas tienen un sentido crítico a la hora de percibir los estereotipos, pero los siguen aplicando, y prueba de ello es que las chicas son las que mayoritariamente ayudan a sus madres en las tareas de casa.
Una de las conclusiones que extrae la profesora Enriqueta Díaz es que a los adolescentes, "en general, no les gusta ver lo poco que hacen sus padres en casa, incluso les produce una cierta vergüenza", explica. Del resultado de las encuestas constata que los chicos tienen menos percepción y son menos críticos ante esa realidad, a todas luces poco igualitarias, que ellos mismos describen. "Las chicas se adaptan más a la cultura imperante, pero también son más conscientes de que la situación es discriminatoria y, por tanto, son más críticas".
EL PAPEL DE LA ESCUELA. Los estereotipos "son sutiles e invisibles, hay que evidenciarlos, hacerlos visibles y eso exige voluntad y esfuerzo", señala Díaz. El profesorado arrastra una determinada cultura, en la que prevalece esa división de papeles histórica y, aunque sea de forma inconsciente, la reproduce. "Si al profesorado no se le forma, salvo excepciones porque hay gente muy concienciada, las cosas no cambiarán. Si la escuela no rompe la tendencia, no educa, no nos moveremos. Las actitudes individuales no son suficientes", afirma.
A su juicio, pese a que existe un avance en la percepción de que hay que ir hacia la no discriminación por razones de sexo - los adolescentes encuestados también constatan que existe segregación por sexo en el mercado de trabajo-, "esta percepción en positivo no se ha interiorizado.
Por ello, propone que el Departament d’Educació ponga en marcha "un plan estratégico con medidas concretas y generalizadas para formar al profesorado".
Pero también es necesario un esfuerzo adicional a la hora de elaborar los currículos de todas las etapas educativas y para establecer "medidas educativas destinadas al reconocimiento y enseñanza del papel de las mujeres en la historia", tal como señala la ley para la igualdad efectiva de hombres y mujeres. Porque, "como decía el filósofo George Gusdorf, ’el que no se nombra no tiene nombre, no se piensa. El que no se nombra no existe’. Y las mujeres, en los libros de texto, casi ni aparecen", concluye Enriqueta Díaz.
Las carencias afectivas en los hombres
Mi mamá me mima más
Los adolescentes se sienten más vinculados emocionalmente a las madres, con las que se comunican más
TRANSVERSALIDAD
"La educación en valores debe impregnar todas las asignaturas"
REPETICIÓN
"Los chicos no son sexistas, tienen interiorizado lo que ven en casa e imitan"
Al hombre le cuesta mucho más que a la mujer manifestar sus emociones. Y esas dificultades de comunicación - "analfabetismo emocional", lo llaman algunos expertos- son percibidas y aprehendidas por los hijos, quienes a su vez reproducen roles. Así se refleja en la encuesta realizada por la profesora Enriqueta Díaz a casi 800 estudiantes de bachillerato de 21 institutos de 15 municipios del área metropolitana.
Los resultados de la investigación demuestran que las madres son emisoras y receptoras de las emociones de los hijos, lo que "a efectos de las repercusiones en la educación es muy importante", señala la profesora. "En la familia, la desaparición de los hombres a la hora de manifestar emociones es clara, y los jóvenes así lo reciben. Si eso no se corrige, y ahí la escuela tiene un papel muy importante, lo reproducirán exactamente igual en su vida adulta".
Una amplia mayoría de los adolescentes (73,9% de chicas y 88% chicos) no duda en responder que la madre es más afectuosa en sus actos, abrazos y besos, que el padre, aunque en el caso de las chicas un 18,7% dice que son los padres los que les hacen más carantoñas. "Los padres con las niñas manifiestan algo más las emociones, pero ante los chicos tienen una gestión emocional más deficiente", señala Díaz.
El reparto de papeles a la hora de cuidarse de la prole también está claro. Ellas, las madres, son las que les acompañan al médico (80,9 en el caso de las chicas y 70,7% en el de los chicos), y si alguien deja el trabajo en caso de que alguno de los hijos esté enfermo, ésta es mayoritariamente la madre.
El 84,5% de las chicas acuden a la madre cuando tienen ganas de llorar o necesitan a alguien con quien hablar, porcentaje que en el caso de los chicos es del 74,2%. En esta pregunta, destaca que un 6,1% de los chicos no acude a ninguno de sus progenitores. Estas cifras coinciden con la percepción que los jóvenes tienen de que las madres son más receptivas a la hora de escuchar sus problemas, sean afectivos o de cotidianidad académica - notas o aspectos relacionados con los estudios- y también, aunque en menor medida, con la apreciación de que la madre le ayuda más que el padre a levantar el ánimo o a superar los problemas.
La necesidad de trabajar los aspectos emocionales es, a juicio de la profesora Enriqueta Díaz "indudable". En su trabajo de campo, tanto en las preguntas directas de la encuesta o en charlas con grupos de alumnos que han participado en la investigación, la profesora constata que los jóvenes tienen "muchas ganas de hablar y de que les pregunten por sus cosas, algo que no suele ser habitual en su centro escolar".
Una de las conclusiones a las que llega la profesora tras este trabajo es que los chicos "no son sexistas, tienen interiorizado lo que ven en casa e imitan", de ahí que sea muy importante en trabajo en el ámbito escolar. Pero en éste también aparecen dificultades. "El profesorado, de forma inconsciente, transmitimos estereotipos, y los docentes sensibilizados en esta cuestión sufren, con frecuencia, el rechazo de sus compañeros y compañeras".
Los adolescentes tienen interiorizados valores como la paz o la justicia, "pero como en la escuela no se trabaja de forma explícita en favor de la igualdad de sexos, es muy difícil romper estereotipos", añade.
Los jóvenes encuestados aseveran que es muy extraño que un profesor hable de algo ajeno a su asignatura en clase. Excepto en las horas de tutoría, no hay un trato directo con los docentes. "La educación en valores de forma transversal se practica muy poco; está muy poco reforzada. Los jóvenes en casa no aprenden, reproducen actitudes; es el profesorado el que debe introducir esos valores". Discursos como "los chicos no lloran" o actitudes de discriminación hacia las chicas que practican deportes como el fútbol, "aunque en los centros escolares cada vez son menos habituales aún perviven, aunque sea de forma inconsciente".
La ley para la igualdad efectiva de hombres y mujeres, en su artículo 24, señala que una de las funciones de la escuela es "la eliminación y el rechazo de los comportamientos y contenidos sexistas y estereotipos que supongan discriminación entre mujeres y hombres, con especial consideración a ello en los libros de texto y materiales educativos". Asimismo, prevé "la integración del estudio y aplicación del principio de igualdad en los cursos y programas para la formación inicial y permanente del profesorado".
Al respecto, la profesora Enriqueta Díaz considera que el profesorado se debe reciclar y que hay que educar a los formadores. La preocupación por el fracaso escolar, la inmediatez de los problemas por resolver en el ámbito educativo, hace que se pierda de vista que este aspecto, la lucha por la igualdad, también es prioritario. Al respecto, añade que "la participación activa por la excelencia humana no podrá avanzar si no se progresa en la igualdad de sexos y se educa en valores de equidad. La gente joven es muy sensible y receptiva"
Fuente:Mercè Beltrán en La vanguardia el 07.07.2007

Me ha gustado es artº de Cuca, lo hago nuestro ...de todas!

Y fueron felices y comieron perdices, pero la pregunta es ¿quién las cocinó? ¿llamaron al teleperdiz de la esquina? ¿mientras uno las horneaba, el otro hacía la salsa? ¿o por el contrario se encontró ella los cacharros sucios en la cocina al día siguiente?
Y es que cuando uno comienza a compartir casa y proyectos con su pareja (adj. Igual o semejante), muchas veces olvidamos de que existen las tareas domésticas. Y fregar un día está bien pero luego deja de ser divertido y cansa, pero hay que seguir haciéndolo porque se tiene que hacer y punto, no hay mucha más vuelta de hoja.
Soy consciente de que habrá hombres que viven solos o en pareja y se apañan la mar de bien, pero hay un elevado tanto por ciento que no (Sólo un 32 % de las parejas españolas comparten de forma equitativa las tareas domésticas y únicamente un 1% de los hombres se encarga personalmente de ellas), que pasa olímpicamente de limpiar, si encuentra la oportunidad se escaquea o simplemente no ve (o no quiere ver) que hay algo que está sucio. (tal vez tengan una extraña capacidad genética para que no les moleste el polvo ni la cama sin hacer, no sé)
¿Pero son ellos los que son así por naturaleza o somos las mujeres las que les incitamos a ello? (obviaré el tema de sus mamás que los cuidaron en exceso).
Porque tal vez somos nosotras las que en cierta manera, sobretodo al principio de la convivencia, soportamos y pasamos por alto aquello de que “están cansados”, cuando nosotras también lo estamos. Que no saben hacerlo bien: - “quita cariño que ya lo hago yo”, o porque te sabe mal que lo haga él, pobrecito. Les da “asquito” meter la mano “allí”, cuando lo utilizan diariamente para hacer sus necesidades. O (esta se lleva la palma) “no están inspirados”. Hago una pequeña aclaración, no se trata de escribir la 7ª sinfonía de Beethoven, sino de limpiar el inodoro… excusas!!
Tal vez son estas cosas que vamos pasando por alto y que por no discutir vas dejando que pasen, hasta que se van convirtiendo en una costumbre, tú limpias y él no. (Personalmente yo caí en ese error y lo he sufrido en silencio como las almorranas).
Pero siempre llega el momento de enmendar los errores y le plantas caras y nos llaman “histéricas” porque queremos que se ocupen de la parte de la casa que les pertoca, la hipoteca al 50%, no? pues la limpieza también!!
Y es que creo, que a la hora de repartir las tareas domésticas tendríamos que dejar el sentimentalismo a un lado y dividir la fregona para los dos a partes iguales, porque la pareja es de dos y hay que compartir yno abusar del otro en ningún aspecto.